Sin Censura
Por: Víctor R. Hernández G.
En Durango, como en todo el país, enfermarse ya no es solo un problema de salud. Es un problema de bolsillo. Mientras el INEGI reporta que las consultas médicas en el sector privado subieron 4.8% solo en junio —la mayor alza del año y por encima de la inflación general—, miles de familias duranguenses siguen atrapadas entre un sistema público que no alcanza y un sector privado que cobra cada vez más caro.
La inflación médica nacional ronda entre 13 y 14.5% anual, según WTW y la CNSF. Hospitalización, medicamentos para diabetes, antiinflamatorios y prótesis también le ganan la carrera a los precios generales. En Durango esto se siente con crudeza. En la capital y la Laguna hay más oferta privada, pero los precios suben igual. En la Sierra, las Quebradas y los municipios alejados, la historia es peor: hay que viajar o pagar.
El gobierno federal insiste en que su reforma de salud avanza. Desapareció el Seguro Popular, pasó por el INSABI fallido y ahora presume el IMSS-Bienestar y un futuro “Servicio Universal de Salud” para 2027. La realidad que viven los duranguenses es otra. El secretario de Salud estatal, Moisés Nájera, reconoció hace días que las presiones presupuestales pueden obligar a más pacientes a aportar recursos propios para insumos y prótesis de alto costo.
Frente a esta realidad, el gobierno de Esteban Villegas ha respondido con lo que tiene: Rutas de la Salud y Cirugías Extramuros. Las rutas recorren los 39 municipios llevando consultas, medicamentos y elaborando estudios. En 2025 reportaron cerca de 30 mil atenciones. Las cirugías extramuros buscan acercar procedimientos a comunidades donde antes había que viajar horas o días. Son esfuerzos reales. Son visibles. Pero nunca serán suficientes.
En Durango los números privados son elocuentes y fríos. Reflejan la realidad de una nación que está dejando en la orfandad médica y de servicios, a millones de familias asalariadas, quienes por falta de recursos diariamente ven cómo sus familiares muren o agonizan lentamente por ser pobres.

Para darnos una idea de lo que sucede, una consulta general en clínica privada anda entre 500 y 800 pesos. Con especialista fácilmente supera los mil pesos. Un estudio de laboratorio básico puede costar más de dos mil. Una cesárea o una cirugía mediana en hospital privado fácilmente rebasa los 50 o 100 mil pesos. Una prótesis de rodilla o cadera, con todo incluido, puede llegar a los 350 mil pesos. Para una familia de ingresos medios o bajos del campo, eso es impagable sin endeudarse o descapitalizarse.
El gobierno federal puede presumir en el discurso, la distribución de millones de medicamentos a nivel nacional y cirugías gratuitas. En la práctica, el desabasto intermitente, la falta de especialistas en zonas rurales y los tiempos de espera siguen empujando a la gente hacia el mercado privado. Y ese mercado responde como cualquier mercado: sube precios cuando la demanda crece y la oferta pública falla.
Lo más grave es que este fenómeno golpea de forma desigual. El adulto mayor de un ejido en Canelas o Topia que necesita una prótesis o un tratamiento crónico enfrenta barreras geográficas, económicas y burocráticas. El joven de Victoria o Gómez Palacio que tiene seguro o puede pagar una consulta rápida también siente el golpe, pero menos. La brecha se abre más.
Las Rutas de la Salud y las Cirugías Extramuros del gobierno estatal son un enorme esfuerzo pero no alcanza para todo el estado. Reconocerlo no es regalar elogios ni restar méritos al esfuerzo local. Es constatar que, aun con buena voluntad estatal, la estructura federal de la reforma de salud no ha logrado lo que prometió: un sistema público robusto que reduzca la dependencia del bolsillo familiar. Al contrario, la dependencia creció.
Para 2027 la salud deberá ser uno de los temas que más se debatan y lleguen a pesar a la hora de votar. Los duranguenses que hoy pagan consultas privadas porque la ruta no llegó o porque el especialista no está, recordarán quién prometió “salud para todos” y quién tuvo que improvisar rutas y cirugías extramuros para intentar contener el daño. La 4T puede seguir hablando de transformación. La gente habla con el recibo del hospital o con la factura de la farmacia.
En Durango, como en México, la salud dejó de ser un derecho garantizado para convertirse en un servicio que se paga según lo que uno pueda. Y eso, más que cualquier discurso, es el verdadero legado de esta reforma.