SIN CENSURA
Por: Víctor R. Hernández
Hay un hilo invisible, pero muy resistente, que une el gas lacrimógeno en París con el agua contaminada que brota en Guadalajara. A miles de kilómetros, con realidades distintas, presenciamos el mismo síntoma de una fractura en el contrato social. Los protagonistas son los mismos: una juventud que se niega a ser el daño colateral del sistema.
Bautizados por las élites políticas como la "generación de cristal" o el símbolo de la apatía, los jóvenes de la Generación Z y Millennials están reescribiendo la historia. No vemos fragilidad, sino un despertar democrático, urgente y furioso. Exigen una vida digna ante un Estado que, en ambos continentes, solo responde con la fuerza pública.
Para entender a México, debemos mirar el reflejo francés. Allá, estudiantes de secundaria y universitarios no protestan por capricho. Salieron a las calles porque el Estado les impuso Parcoursup, un frío algoritmo que dejó a miles de jóvenes sin universidad. En los suburbios marginados, la falta de profesores les está robando su derecho a la educación.
Los jóvenes franceses exigen vivir la democracia como una promesa de igualdad, un espacio de deliberación y una fuerza transformadora. Se niegan a ser simples datos en un programa informático; exigen ser ciudadanos plenos.
Frente a esta exigencia cívica, el gobierno ha respondido con miopía política, represión policial y estigmatización por parte de la clase política tradicional.

Ese desprecio sistemático hacia la juventud, negando su legitimidad como actores políticos, es el mismo patrón que el Estado mexicano replica hoy. En México, la crisis no se puede barrer bajo la alfombra y tiene un rostro aún más visceral: la supervivencia material. Hace nueve días, Guadalajara fue escenario de una movilización masiva.
El motivo de la protesta tapatía no fue una abstracción ideológica, sino una realidad tóxica: a miles de familias les sale agua contaminada, auténticas aguas negras, de sus tuberías. Cuando el Estado falla en proveer el recurso más vital, el pacto social colapsa. Los jóvenes protestan por el agua, pero también por la herencia de precariedad.
El líquido turbio es una metáfora perfecta de su realidad. Protestan contra la carestía, las ciudades gentrificadas con rentas impagables, los salarios de miseria y los presupuestos públicos que priorizan el clientelismo electoral sobre la infraestructura. Ante esto, la respuesta de las autoridades de Jalisco fue un calca de la represión vivida en Europa.
Con decenas de jóvenes detenidos extraoficialmente, enfrentamientos y criminalización, las fuerzas de seguridad sofocaron un reclamo por derechos humanos elementales. Detener a estudiantes por exigir agua limpia no demuestra autoridad, sino una total impotencia institucional. Es la radiografía de un gobierno que ha decidido sustituir el diálogo y la política pública por el uso del tolete.
El despertar de esta generación en México desafía las lecturas tradicionales. Son conscientes de que habitan un país atravesado por crisis simultáneas: sequías extremas, violencia diaria y una economía que los condena a vivir peor que sus padres. Frente a este oscuro panorama, han rechazado el repliegue individualista y el escape digital para tomar las calles.

Como bien define el filósofo Axel Honneth, estos jóvenes exigen consideración: ser reconocidos como individuos con plenos derechos y valorados socialmente. Al confrontar a la policía, los tapatíos lanzan un mensaje claro: sus vidas importan, su salud importa, y no van a aceptar de manera pasiva y silenciosa la administración gubernamental de su propia ruina.
Sin embargo, la clase política mexicana parece atrapada en la arrogancia. En lugar de ver estas protestas como un llamado de auxilio democrático y abrir el debate público, optan por la estigmatización. Minimizan a los jóvenes, los tildan de ignorantes de la política real, y su única solución parece ser encerrarlos en las patrullas.
Las autoridades deben entender que la democracia no puede sobrevivir si solo sirve para que los mayores administren la escasez de los jóvenes. La crisis del agua en Jalisco es la punta del iceberg; detrás vienen reclamos por mejor presupuesto educativo, servicios de salud mental y un mercado laboral libre de la precarización y el agotamiento extremo.
Esta generación maltratada entendió que la política no es solo cruzar una boleta cada tres años. Comprendieron que la salud, el agua y la educación son decisiones profundamente políticas. Reclaman no ser meros objetos de las decisiones gubernamentales, sino actores políticos con voz. Es una exigencia fundamental de inclusión y respeto hacia su propio futuro.
Los jóvenes le han extendido un ultimátum forzoso al Estado: o rediseñan las instituciones para incluirlos como protagonistas de su mañana, o deberán enfrentar la ira legítima de una generación que ya no tiene nada que perder. El sistema les ha arrebatado hasta la pureza del agua vital, y el futuro educativo y laboral

