SIN CENSURA
Por: Víctor R. Hernández
Ocho días después del arranque del ciclo 2026-2027 —el 31 de agosto, con 28 millones de estudiantes de educación básica y media superior de regreso a más de 250 mil planteles—, el discurso oficial vuelve a vender equidad y “becas del bienestar”. Los números, en cambio, describen un sistema que retiene cuerpos en el aula y pierde trayectorias, aprendizajes y futuro.
De cada 100 niños que entraron a primaria en 2008-2009, 81 terminaron la secundaria, 59 el bachillerato y apenas 34 concluyeron una licenciatura, según el propio Segundo Informe de Gobierno. Cifras anteriores de la SEP y de Mexicanos Primero/México Evalúa hablaban de 26 a 28 egresados de universidad por cada 100 que iniciaban primaria. El “avance” es real en cobertura; el cuello de botella sigue siendo brutal. México forma, en la práctica, una generación que se queda en la secundaria.
El abandono no es un accidente residual. En el ciclo 2023-2024 la tasa fue de 0.6% en primaria, 3.7% en secundaria y 11.3% en media superior: cerca de 577 mil jóvenes salieron de preparatoria en un solo año. Esa cifra de media superior no ha bajado de manera sostenida desde 2018; en varios ciclos incluso subió. El gobierno insiste en que el problema es de dinero y que la solución es la transferencia. Los especialistas y los propios jóvenes dicen otra cosa. La primera razón que empuja a desertar no es solo la pobreza: es la acumulación de rezagos. Pasan la primaria sin fracciones, la secundaria sin ecuaciones y llegan al bachillerato sin poder leer un problema de cálculo. La política de no reprobación y la ausencia de tutorías reales convierten el aula en un simulacro. El alumno no “elige” irse: se rinde.

Mientras tanto, el presupuesto se reconfiguró para priorizar la rentabilidad política. El gasto educativo 2026 ronda 1.17-1.24 billones de pesos: cerca de 12.2% del PEF y apenas 3.2-4% del PIB, por debajo del 5% promedio OCDE y lejos del 15% que alguna vez se invocó de la Unesco. Las becas sí crecieron de forma espectacular. En el sexenio de Peña Nieto las transferencias representaban una fracción menor del gasto educativo; hoy absorben una porción históricamente alta —alrededor de 185 mil millones de pesos— y la Beca Rita Cetina se universaliza en primaria. Un peso de cada cinco del presupuesto de educación básica se va a la tarjeta, no al aula. El abandono en secundaria y preparatoria no cede. La cobertura de becas, además, no ha crecido con el mismo ritmo entre los deciles más pobres; parte del incremento se diluye hacia hogares de ingresos medios y altos, y un porcentaje relevante de alumnos de escuelas públicas sigue sin el apoyo. Dinero sin seguimiento pedagógico es clientelismo con uniforme.
Para financiar esa expansión se recortó lo que sí determina el aprendizaje. El Proyecto de Presupuesto 2026 recortó 53.4% el Programa para el Desarrollo Profesional Docente y 51.6% la producción y distribución de libros y materiales. En educación básica el gasto por maestro para capacitación se desploma a 91 pesos al año. El SNTE lo ha dicho en voz alta: de 1,450 millones en 2018 se pasó a cientos de millones. Los maestros cargan simultáneamente restos de tres planes de estudio, la Nueva Escuela Mexicana y una avalancha administrativa, sin formación metodológica ni materiales actualizados. Se les pide milagro con 91 pesos.
La infraestructura confirma que el código postal sigue mandando. En escuelas públicas de educación básica, según las Principales Cifras 2024-2025 de la SEP, solo 38.6% tiene computadora y 35.5% conexión a internet para uso educativo; el agua potable llega al 69.9%. En CDMX y algunos estados del centro la cobertura tecnológica es alta; en Chiapas, Oaxaca, Veracruz y Tabasco se desploma. Casi la mitad de las primarias públicas opera en modalidad multigrado o unitaria: un solo docente frente a varios grados. En esas escuelas —las de las zonas más pobres— el abandono físico del Estado es la norma: sin agua, sin red, con aulas que se caen. Durango no es excepción: la SEED reconoce que 15% de planteles requiere reparación urgente y que el mantenimiento diario es la regla, no la excepción. El anuncio de antenas Starlink en la sierra es un parche, no un sistema.

PISA 2022 no fue una foto aislada: fue el diagnóstico. México obtuvo 395 puntos en matemáticas (14 menos que en 2018), 415 en lectura y 410 en ciencias. Solo 34% de los alumnos de 15 años alcanza el Nivel 2 en matemáticas —el mínimo para funcionar en la vida cotidiana—. Dos de cada tres no lo logran. Entre los países de la OCDE, México quedó en el sótano. La respuesta oficial no fue un plan de recuperación de aprendizajes: fue descalificar las pruebas como “neoliberales” y evadir módulos de inglés y habilidades digitales. Se elimina el mérito, se suaviza la reprobación, se relajan los ingresos a ciertas universidades públicas y se llama “inclusión” a lo que en el mercado laboral se traduce en títulos devaluados. Es mediocridad institucionalizada.
El ciclo que acaba de empezar moviliza a 28 millones de estudiantes y 1.6 millones de maestros. También moviliza un relato: que con becas se resuelve lo que no se resuelve con maestros formados, libros, agua, internet y exigencia académica. Ocho años después de 2018, la sangría de trayectorias sigue, el gasto se concentra en transferencias y los dos pilares del aprendizaje —el docente y el material— se recortan a la mitad. El futuro educativo de México no se decide en el patio de honor del 31 de agosto. Se decide en el aula donde un niño de sexto no entiende una fracción y, tres años después, abandona la preparatoria porque el cálculo le resulta un idioma extranjero. Sin revertir esa lógica, 2027 no heredará una generación más educada. Heredará una generación más becada… y menos preparada.