Sin Censura.
Por: Víctor R. Hernández
La noticia sacudió al país desde temprano: Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, fue abatido en un enfrentamiento con fuerzas federales en Tapalpa, Jalisco. Durante años, el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación fue presentado como un fantasma omnipresente, el hombre que derribaba helicópteros, que convertía pueblos en trincheras y carreteras en campos de guerra.
Ayer, ese mito cayó bajo fuego cruzado.
La Secretaría de la Defensa Nacional confirmó que el operativo derivó en un enfrentamiento. Siete integrantes del grupo criminal murieron; tres militares resultaron heridos. En paralelo, más de 250 bloqueos paralizaron al país en 20 entidades. La reacción fue inmediata: el músculo territorial del CJNG mostró que, aunque su cabeza fue alcanzada, el cuerpo sigue vivo.
Aquí está la primera verdad incómoda: la muerte de un capo no significa la muerte de su estructura.
El símbolo y la realidad

Para las agencias estadounidenses —la Drug Enforcement Administration y el Department of Justice—, “El Mencho” era uno de los objetivos prioritarios, con recompensa de hasta 15 millones de dólares. Para México, era el rostro de una organización que evolucionó hacia un modelo corporativo del crimen: franquicias regionales, alianzas tácticas y expansión global.
El CJNG no fue solo un cártel; fue una empresa criminal con logística transnacional.
Que su líder haya muerto en un operativo coordinado —con apoyo de la Fuerza de Tarea Interagencial de Estados Unidos— revela algo más profundo: la seguridad mexicana ya no se mueve en solitario. La cooperación bilateral fue determinante. Y eso, guste o no, redefine el mapa del poder.
El mensaje político
El gobierno federal presentará este golpe como un triunfo estratégico. Y lo es, en términos operativos. Pero la pregunta que debe hacerse cualquier sociedad madura es otra:

¿Por qué, tras años de expansión, el CJNG logró convertirse en la tercera organización criminal más poderosa del mundo?
Mientras el discurso oficial hablaba de “abrazos”, el cártel perfeccionaba drones explosivos, lanzacohetes y redes financieras internacionales. Mientras se minimizaban cifras, el grupo bloqueaba estados completos en cuestión de horas.
La muerte de “El Mencho” no borra esa realidad.
La sucesión inevitable
En el crimen organizado no existen vacíos de poder prolongados. Ya se habla de la bendición familiar a nuevos liderazgos. La experiencia mexicana lo demuestra: tras cada captura o abatimiento viene una reconfiguración interna, a veces más violenta.
El riesgo inmediato no es la desaparición del CJNG, sino su fragmentación.
Y la fragmentación, históricamente, multiplica la violencia.
¿Punto de inflexión o episodio más?
La historia reciente de México está marcada por grandes golpes mediáticos que no siempre se tradujeron en paz duradera. La caída de un capo no desmantela las rutas, ni los laboratorios, ni las redes de lavado.

Lo que sí puede marcar la diferencia es si este operativo forma parte de una estrategia integral y sostenida, o si será apenas un episodio que alimente el ciclo de sustitución criminal.
Hoy el país despierta con una noticia histórica. Pero también con carreteras incendiadas, bloqueos masivos y una advertencia brutal: el poder territorial del crimen no depende de un solo nombre.
La verdad incómoda
La caída del mito no es la victoria final.
Es apenas el comienzo de una nueva fase.
Si el Estado no consolida presencia permanente en las regiones dominadas por el CJNG, si no reconstruye tejido social, si no corta de raíz la estructura financiera y política que permitió su expansión, mañana otro nombre ocupará el lugar de “El Mencho”.
La pregunta no es si cayó un capo.
La pregunta es si el Estado mexicano, de una vez por todas, ¿decidió ir por el narcosistema?.
Lo veremos en los meses por venir.