Sin Censura.
Por: Víctor R. Hernández.
La presidenta Claudia Sheinbaum finalmente envió a la Cámara de Diputados su anunciada reforma electoral. Y aunque desde Palacio Nacional se insiste en que su eventual rechazo “no sería una derrota”, lo cierto es que, de no aprobarse, estaríamos ante un fracaso político evidente.
No sería una derrota cualquiera. Sería una derrota estrepitosa después de todo lo que Morena ha hecho para conseguir los votos suficientes y modificar la Constitución a su antojo.
Porque hay que decirlo sin rodeos: el oficialismo ha estirado la ley hasta romperla. La llamada sobrerepresentación legislativa permitió a Morena y sus aliados controlar cerca del 73% de la Cámara de Diputados, pese a haber obtenido apenas el 54% de los votos en la elección presidencial de 2024. Una ventaja artificial que les permitió presumir una mayoría calificada para impulsar reformas constitucionales.
Y aun así, no les alcanza.
En el camino se han visto episodios que difícilmente pueden describirse como prácticas democráticas. Carpetas de investigación convenientemente congeladas, legisladores que cambian de partido de la noche a la mañana, presiones políticas, negociaciones en lo oscurito. Todo con el objetivo de reunir los votos necesarios para modificar las reglas del juego político.
Pero ni con todo eso logran asegurar la aprobación de su reforma electoral. A qué realidades se enfrenta el partido de la presidenta a partir de hoy:
1- Morena contra sus propios aliados
El problema más grave para la presidenta no está solamente en la oposición. Está dentro de su propio bloque político.
El Partido del Trabajo y el Partido Verde —aliados históricos de Morena— ya han expresado su inconformidad. Y no es menor: juntos suman más de cien legisladores que podrían bloquear la reforma.
¿La razón? Consideran que el proyecto concentra aún más poder en Morena y reduce las oportunidades políticas para los partidos aliados.
En otras palabras: la reforma no busca fortalecer la democracia, sino fortalecer a Morena.
Por eso en los pasillos del Congreso ya tiene un apodo demoledor: la “Ley Maduro”.
Una reforma que, según sus críticos, busca inclinar la cancha electoral de tal manera que el partido gobernante termine convirtiéndose en la fuerza dominante —si no es que única— del sistema político mexicano.
2- Los números no le alcanzan
La aritmética parlamentaria es por demás clara.
Para aprobar una reforma constitucional se necesitan 334 votos en la Cámara de Diputados. Morena tiene 253. Le faltan 81 votos.

Esos votos sólo podrían venir del PT y del Partido Verde. Pero ambos partidos ya manifestaron reservas profundas.
Por eso el propio coordinador de Morena en San Lázaro, Ricardo Monreal, lo admitió con una sinceridad poco habitual: las condiciones para aprobar la reforma son difíciles.
Dicho en términos simples: hoy, la reforma electoral de la presidenta no tiene los votos necesarios.
3- La presidenta atrapada
El escenario político que enfrenta Claudia Sheinbaum es delicado.
Está atrapada entre varias presiones:
los partidos aliados que no quieren desaparecer políticamente,
los liderazgos obradoristas dentro de Morena,
los coordinadores parlamentarios que saben que la votación no alcanza.
Y mientras tanto, desde Palacio Nacional se insiste en que, si la reforma no pasa, no será una derrota.
Pero en política la narrativa no cambia la realidad.
Si una presidenta impulsa una reforma constitucional y no logra aprobarla, eso tiene un nombre muy claro: derrota política.
4- El verdadero problema
Lo más preocupante no es únicamente el contenido de la reforma.
Es lo que revela.
Después de todo el poder acumulado, de toda la maquinaria política, de todos los movimientos para construir mayorías artificiales, Morena descubre que ni siquiera dentro de su propio bloque existe consenso para cambiar las reglas electorales del país.

Y eso exhibe una fractura que podría marcar el inicio de una nueva etapa política.
La reforma electoral aún no llega al pleno. Se espera que la discusión ocurra entre el 18 y el 25 de marzo.
Pero desde ahora algo parece claro: la iniciativa que pretendía rediseñar el sistema electoral mexicano podría convertirse en la primera gran derrota política del nuevo gobierno.
Y si eso ocurre, será imposible maquillarlo desde la tribuna de la mañanera.
Porque cuando el poder intenta cambiar las reglas para quedarse con todo…
y ni siquiera sus aliados lo respaldan…
la derrota no sólo es evidente.
Es inevitable.