Sin Censura.
Por: Víctor R. Hernández
Morena avanza, sin disimulo, hacia la consolidación de un modelo de partido hegemónico. Un partido que no compite: controla. Un partido que no convence: desplaza.
A medida que se acercan las elecciones de 2027, el oficialismo no solo busca ganar. Busca quedarse solo. Analicemos los siguientes componentes:
1- El andamiaje del poder
El control no es casual, es progresivo.
Primero, el dinero: más de un billón de pesos canalizados a programas sociales que, en la práctica, funcionan como estructura de movilización electoral. A eso se suman más de 22 mil llamados “servidores de la nación”, operadores territoriales que no responden a una lógica institucional, sino política.
Después, las instituciones.
El Poder Judicial ha sido sometido a una transformación que, lejos de fortalecer su autonomía, lo ha alineado con el poder político. El árbitro electoral tampoco escapa a la sospecha: el Instituto Nacional Electoral, encabezado por Guadalupe Taddei, y el Tribunal Electoral operan bajo una presión constante que erosiona su independencia.
Pero ni siquiera con ese nivel de control parece ser suficiente.
2- El miedo a la competencia
La señal más clara del momento político no está en lo que Morena ha ganado, sino en lo que intenta impedir.

La organización Somos México ha denunciado intentos deliberados para frenar su registro como partido político. Sus representantes sostienen que han cumplido con todos los requisitos legales: más de 200 asambleas validadas, cerca de 349 mil afiliaciones y un proceso completamente auditado por la autoridad electoral.
Aun así, enfrentan obstáculos.
¿Por qué?
Porque la competencia incomoda.
3- Las irregularidades
Las denuncias no son menores.
Se documenta que Morena utilizó una aplicación propia —sin los candados de seguridad exigidos por el INE— para registrar militantes. No requería firma autógrafa ni verificación biométrica.
El resultado: decenas de miles de registros duplicados. Entre 60 mil y 70 mil en once meses, y un salto abrupto de 93 mil más en un solo mes.
Pero el mecanismo más grave es otro: la presunta apropiación de ciudadanos que habían participado en asambleas de nuevas fuerzas políticas. La lógica es simple y brutal: si esos ciudadanos aparecen como militantes de Morena, las asambleas opositoras pierden validez legal por falta de quórum.

Eliminar al adversario desde el registro.
No en las urnas.
4- La respuesta institucional
El propio INE tuvo que intervenir.
En diez ocasiones solicitó a Morena pruebas documentales de esas afiliaciones. Diez veces no hubo respuesta suficiente.
El resultado fue contundente: las afiliaciones fueron invalidadas por unanimidad.
Y aun así, la sombra de la intervención persiste.
Porque el problema no es solo lo que ya ocurrió, sino lo que puede venir: nuevos consejeros electorales señalados por su cercanía con el poder, procesos de selección cuestionados y un árbitro cada vez más debilitado.
5- El modelo que se perfila
Lo que está en juego no es una elección.
Es el sistema.
Cuando un partido concentra recursos, influencia institucional y, además, busca bloquear la aparición de nuevas opciones políticas, el mensaje es claro: no quiere competir, quiere perpetuarse.
La historia de América Latina está llena de ejemplos donde el partido en el poder terminó siendo el único viable.
El argumento siempre es el mismo: estabilidad.
El resultado también: autoritarismo.
Morena no confía en la ciudadanía.
Tampoco en su propia militancia.
Por eso necesita controlar el proceso completo: desde los programas sociales hasta el registro de los adversarios.
No basta con ganar.
Hay que impedir que otros participen.
Y ahí, justo ahí, es donde la democracia deja de ser democracia y se convierte en dictadura.