Sin Censura.
Por Víctor R. Hernández.
Durante años, Donald Trump fue leído desde México como un político estridente, bravucón, experto en la amenaza verbal pero poco consistente en la acción real. Esa lectura hoy es peligrosamente obsoleta. Venezuela acaba de demostrarlo.
A nueve días de la captura de Nicolás Maduro mediante una operación directa de Estados Unidos, el tablero geopolítico de la región se movió abruptamente. Y no hacia Colombia, Cuba, Nicaragua u Honduras. El nuevo foco rojo del trumpismo se llama México.
No es una interpretación alarmista: es la narrativa dominante en medios muy influyentes de Estados Unidos como Fox News, en los discursos del avión presidencial y en las entrevistas del propio Trump. El mensaje se repite, se afina y se endurece: “Los cárteles gobiernan México”. Y cuando Trump repite una idea varias veces, no está improvisando; está preparando terreno. Veamos:
1- El patrón Trump: primero la palabra, luego el hecho
El libreto es claro y ya lo vimos en otros países. Con Gustavo Petro, hubo choque frontal y después una llamada para “limar asperezas”. A Miguel Díaz-Canel lo amenazó con asfixia energética. A Siomara Castro la advirtió sobre elecciones. En Nicaragua, Daniel Ortega soltó presos políticos apenas vio las barbas del vecino cortar. Y a Groenlandia la menciona, sin rubor, como un territorio “comprable o anexable”.
Con todos esos frentes abiertos, Trump ha decidido que el siguiente gran expediente es México. Ya no es Venezuela. Ya no es Cuba. Es México.
2- El punto de quiebre: “vamos a entrar por tierra”
El 8 de enero marcó un antes y un después. Trump afirmó que, tras “haber reducido 97% del tráfico de drogas por agua”, Estados Unidos comenzará a “golpear por tierra” a los cárteles. Traducido: operaciones militares en territorio mexicano.
No fue un exabrupto aislado. Venía precedido de elogios calculados a la presidenta Claudia Sheinbaum, seguidos de la estocada: “ella tiene miedo porque los cárteles mandan”. El halago como anestesia, la acusación como bisturí.
Ese mismo día, Sheinbaum solicitó una llamada telefónica. Sheinbaum esperaba un largo encuentro telefónico, dadas las circunstancias; fuentes aseguran que fueron menos de quince minutos. Cordiales. Diplomáticos. Educados. Pero profundamente reveladores.
3- Una llamada, muchas señales
La presidenta aceptó algo que Trump buscaba escuchar: México puede hacer más contra el narcotráfico. Trump ofreció “ayuda”. Ella la rechazó invocando soberanía e integridad territorial. Él “lo entendió”.
¿De verdad lo entendió?
¿O simplemente tomó nota?
En esa llamada estuvieron presentes Omar García Harfuch, Juan Ramón de la Fuente y Roberto Velasco. Afuera, pero cerca, el embajador Ronald Johnson, quien después celebró públicamente la “relación más cooperativa de las últimas décadas”.
4- Demasiada coreografía para una simple charla cordial.
El tema que Trump quiso oír: Venezuela
Trump no llamó para hablar solo de cárteles. Preguntó explícitamente la postura de México sobre Venezuela. No porque no la conociera, sino porque quería escucharla de viva voz.
Sheinbaum reiteró la doctrina constitucional: no a las intervenciones militares. Punto. El problema no es lo que dijo, sino lo que no ha dicho en meses: ni una condena al fraude electoral de Maduro, ni a los asesinatos políticos, ni a los presos de conciencia.
Trump lo sabe. Sus asesores se lo han dicho. Y para Trump, la ambigüedad moral no es neutralidad: es alineamiento.
5- Nervios en Palacio Nacional
El The New York Times lo confirmó: dentro del gobierno mexicano hay nerviosismo real. Funcionarios que antes pensaban que Trump solo fanfarroneaba hoy saben que no está jugando. Se analizaron discursos, se hicieron gráficas, se midieron menciones. El resultado es inquietante: tras Venezuela, México subió como prioridad estratégica.
Trump ya cruzó la línea una vez. Eso cambia todas las ecuaciones.
Culpar a la oposición no detendrá a Washington
La presidenta decidió cerrar el episodio acusando a la oposición mexicana de “desear una intervención estadounidense”. Es un recurso político interno comprensible, pero externamente irrelevante.
A Washington no le importa la grilla local. Le importan los resultados, el control territorial y la narrativa de seguridad nacional. Y hoy esa narrativa coloca a México como un Estado infiltrado por el narco, dicho con todas sus letras por el presidente de Estados Unidos.
6- El mensaje es fuerte y claro
Trump ya no está probando discursos. Está midiendo resistencias.
Está colocando fichas.
Está dejando constancia pública de sus advertencias.
Cuando un presidente de Estados Unidos dice que los cárteles gobiernan México y que su ejército “va a entrar por tierra”, no es retórica de campaña. Es estrategia en marcha.
México haría mal en seguir leyendo esto como una exageración.
La historia reciente demuestra que, con Trump, primero viene la amenaza… y luego, el hecho.